“Indicios”, crónica sobre la primera semana de “Buscando la veta” en Inca de oro

El martes 30 de abril salimos de casa con la incertidumbre que se genera cada vez que uno va a enfrentarse a una experiencia nueva. ¿Qué pasa si no llega nadie hoy? Nos preguntábamos con Eliana Hertstein, compañera de labores en esta odisea.

Cargamos lo necesario en el auto y partimos. Atravesamos la ciudad de Copiapó por Copayapu en dirección hacia Tierra Amarilla. Llegando a Paipote doblamos a la izquierda y tomamos la carretera que se dirige a Diego de Almagro, ex Pueblo Hundido. En el trayecto, los cerros como camaleones petrificados, entre luces y sombras, proyectaban el movimiento del sol. Los enormes camiones, habitantes principales de ese camino en medio del desierto, movían levemente nuestra pequeña camioneta al pasar en sentido contrario como prueba de fuerza para demostrarnos que entrábamos en territorio extranjero.

Una vez que cruzamos el umbral invisible que separa la provincia de Copiapó con la de Chañaral, señalizado por un típico letrero verde, supimos que quedaban poco más de 30 kilómetros para llegar a Inca de Oro. Localidad que venimos investigando desde hace poco más de un año, pero que desde ese momento comenzaríamos a experimentarla desde la perspectiva de unos habitantes más. Al menos eso deseábamos.

Meses y semanas antes solo estuvimos haciendo trabajo de campo, realizando visitas casa por casa invitando a las personas, yendo a entrevistas radiales, concordando citas a reuniones colectivas para informar a los vecinos de los motivos de nuestra presencia, y todo lo necesario para comenzar a conocernos y reconocernos con la comunidad.

Nuestra incertidumbre se acrecentaba cuando llegamos a la sede de la Asociación Minera, lugar dispuesto para construir el espacio literario que veníamos planificando. Abrimos, ordenamos las sillas y nos pusimos a esperar. Poco a poco empezaron a llegar los vecinos y nuestra incertidumbre se transformó en alivio y alegría. También llegaron representantes de la Seremi de Cultura de la región de Atacama. Querían conocer en carne propia lo que se comenzaba a tejer.

Comenzamos el taller leyendo en conjunto el texto “Indicios” del libro La Analfabeta de Agota Kristof, la escritora húngara. Luego lo comentamos y de inmediato surgieron las comparaciones con la vida de infancia de cada asistente. Todos y todas recordamos de manera inevitable nuestras “travesuras” y las veces en que nuestra madre y padre nos retaron por estas.

Explicamos la importancia de la memoria como una manera de buscar indicios para transformarlos en literatura.

Dejamos de tarea para la casa la escritura de un texto en el que cada vecino y vecina tenía que relatar la idea general del texto leído. Despedimos oficialmente la sesión, pero como buenos chilenos, luego de decir “chao”, continuamos conversando. Después de un rato, poco a poco, como un reloj de arena, comenzó el éxodo final. Cerramos la sede y nos metimos al auto para comenzar nuestro regreso a casa.

El jueves 2 de mayo repetimos la odisea de tomar el auto e irnos hasta el pueblo por la carretera mortal de los camiones. Llegamos bien, abrimos la sede y preparamos todo para la entrada de los vecinos y vecinas. Poco a poco aparecieron por la puerta caras conocidas y caras nuevas, pero faltaron algunas de la sesión anterior. Algo que normalmente pasa cuando se está desarrollando un proceso hasta que se consolida un grupo medular de trabajo.

Antes de comenzar la sesión de escritura, recordamos la sesión de lectura pasada y solicitamos la lectura de los textos que quedaron como tarea para contextualizar a los nuevos integrantes. Poco a poco fueron saliendo más comentarios y remembranzas del pasado.

Después de esa extensa introducción solicitamos la escritura de un relato, a modo de ejercitación libre, de alguna “travesura” de la niñez. Todos comenzamos a escribir, incluidos nosotros como mediadores. Una vez acabado el tiempo, leímos cada relato en voz alta, comentando lo que sentíamos con cada historia y a través de una evaluación colectiva fuimos resumiendo cada texto en una sola palabra. Recordamos la importancia de la memoria como una manera de inspirarnos para escribir y nos despedimos invitando a la próxima sesión. Como tarea dejamos la escritura de un texto libre a partir de la palabra que se desprendió de cada uno de nuestros escritos.

Nuevamente nos quedamos conversando un poco más de manera informal. Es difícil explicar qué es lo que hacemos lejos de casa incentivando a la lectura y la escritura solo por amor a la literatura y a las personas. Difícil es explicar que lo que hacemos también es un trabajo. Difícil es viajar por una carretera construida para los camiones mineros y tratar de pasar como uno de ellos sin serlo.

La cuestión es que también nos dedicamos a la minería, pero desde un arista menos explorada, la literatura. Por eso, cargamos nuestro capacho con las herramientas necesarias para escarbar en las memorias buscando la veta literaria que cada ser humano lleva consigo. De alguna forma, también somos mineros, porque vamos detrás de una riqueza trascendental, una que contribuye al desarrollo de las personas desde lo humano y cultural. Y eso es lo que tenemos como respuesta ante la pregunta ¿Qué hacen aquí?

Una vez puesto el candado en la vieja puerta de madera de la Asociación Minera, nuevamente emprendimos el viaje de regreso a casa por la carretera, esa carretera que poco a poco empieza a reconocernos como habitantes de su territorio, la de los camiones y de los cerros multicolores que durante la noche se apagan con el sol, pero que se dejan ver de forma tenue con las luces de los autos y las animitas de la berma.

Indicios

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